Las variables macro empiezan a mostrar señales de calma, pero en la economía real todavía se siente el ajuste. Ese contraste define el clima de negocios en la Argentina de 2026: un país más ordenado en lo fiscal y cambiario, pero con consumo retraído, crédito escaso e inversión en pausa. Según el asesor financiero Matías Daghero, de Closing Bell Advisor, la clave ahora no es solo sostener la estabilidad, sino generar las condiciones para que el sector privado vuelva a animarse a crecer.

El gran activo de la Argentina hoy es el superávit fiscal. Eso cambió la narrativa frente al mundo y ordenó la macro”, señala Daghero. En lo que va del año, el Banco Central logró acumular unos US$ 1.300 millones en reservas, un dato que refuerza la señal de disciplina y previsibilidad. A esto se suma una estabilidad cambiaria llamativa: el dólar se ubica en torno a los $1.460, en niveles similares a los de octubre de 2023, antes del balotaje presidencial, pese a la fuerte inflación acumulada desde entonces.

Sin embargo, ese orden tiene un costo. “La política monetaria restrictiva fue necesaria para bajar la inflación, pero hoy estamos con pocos pesos en la calle y eso enfría la actividad”, advierte. La falta de crédito y las tasas de interés aún elevadas se traducen en menor consumo, inversión contenida y empresas que operan con márgenes ajustados.

Estabilizar no es crecer

Daghero define el momento actual como una fase híbrida entre estabilización y transición. “La macro está mucho más ordenada, pero la micro todavía siente el impacto del ajuste”, resume.

Parte de esa transición implica un proceso más profundo y largo: la reconversión de sectores productivos que durante años operaron con baja competitividad. Industrias como la textil, por ejemplo, deberán adaptarse a un esquema más abierto y exigente. “No es un proceso que se resuelva en meses. Puede llevar años y requiere también adaptación laboral y capacitación”, explica.

Un país más integrado y más expuesto

A diferencia de otras etapas de crisis en las que Argentina estaba relativamente aislada, hoy el vínculo con los mercados internacionales es más directo. Y eso implica oportunidades, pero también riesgos.

Daghero menciona varios focos de atención: la guerra comercial entre Estados Unidos y China, la inestabilidad en países como Venezuela e Irán y la volatilidad del precio del petróleo. Todos factores que pueden impactar en los flujos financieros y en el costo del financiamiento para economías emergentes.

En ese marco, la política de la Reserva Federal de EE.UU. será clave. “Si la Fed mantiene tasas altas por más tiempo, refinanciar deuda será más caro y más difícil”, señala. Argentina enfrenta vencimientos de capital importantes desde el próximo año, por lo que el timing será decisivo. “Hay que aprovechar las ventanas de mercado cuando están abiertas. Ecuador es un ejemplo reciente de cómo anticiparse puede marcar la diferencia”.

Dónde puede apoyarse la inversión

Para Daghero, el potencial de crecimiento está claro, pero depende de generar confianza sostenida. “El sector privado va a invertir fuerte solo si percibe que las reglas no cambian cada cuatro años”, afirma.

Entre los sectores con mayores ventajas competitivas menciona:

  • Agroindustria, motor histórico de exportaciones
  • Energía y petróleo, con marcos regulatorios que incentivan proyectos de largo plazo
  • Minería, especialmente litio, donde Argentina tiene protagonismo global
  • Economía del conocimiento, con talento y capacidad exportadora

Pero el diagnóstico es igual de contundente sobre los obstáculos. La presión tributaria no es solo alta, sino extremadamente compleja. A esto se suman trabas burocráticas y normativas financieras que, según plantea, aún deben simplificarse para liberar recursos hacia la actividad productiva.

Finanzas personales: menos especulación, más estrategia

En el plano individual, Daghero propone un cambio de enfoque. “Los patrimonios se construyen desde los ingresos, no desde la bolsa”, afirma. La prioridad, dice, debe estar en mejorar la capacidad de generar ingresos —más formación, mejores productos, más valor agregado— antes que en buscar rendimientos milagrosos.

Para el ahorro, sugiere diversificación y evitar apuestas extremas. “No es momento de jugar todo a un solo escenario”. En el contexto actual, considera razonable una cartera con aproximadamente 70% en instrumentos en pesos y 30% en activos dolarizados.

También advierte que el dólar, a nivel global, pierde poder adquisitivo frente a activos como el oro o las acciones estadounidenses, en un contexto donde EE.UU. busca sostener competitividad con una moneda más débil.

Inflación, empleo y la “sintonía fina”

Las proyecciones apuntan a consolidar una inflación anual en torno al 20–25% hacia fines de 2026, un nivel todavía alto en términos internacionales, pero muy inferior a los registros superiores al 200% de años anteriores.

El desafío de fondo, sin embargo, es el crecimiento sostenido y la generación de empleo privado, estancada desde hace más de una década. “No podemos depender siempre del tipo de cambio para ser competitivos. La clave es productividad y menor carga fiscal”, sostiene.

A esto se suma la necesidad de formalizar la economía, donde cerca del 40% de la actividad permanece en la informalidad, limitando la base tributaria y la protección social.

Estamos en un proceso de normalización hacia una economía más normal, con menor peso del sector público y más protagonismo del sector privado”, resume Daghero. El equilibrio será delicado: mantener la desinflación sin enfriar en exceso la actividad. De esa “sintonía fina” dependerá que la estabilización actual se transforme, finalmente, en crecimiento duradero.

-¿Hoy hay más razones para ser optimistas o prudentes?

-Hoy veo más razones para el optimismo en relación con las perspectivas económicas y con las decisiones que se están tomando. La acumulación de reservas, por ejemplo, es un paso clave y muy necesario para un país con el historial de crisis que tiene Argentina.

Es cierto que en los últimos meses la inflación mostró algunos registros más altos, pero las proyecciones hacia adelante siguen siendo de desaceleración, quizá no a la velocidad que el Gobierno o los analistas más optimistas hubieran deseado.

La desinflación es un proceso, y es fundamental sostenerlo porque la inflación es uno de los peores males para cualquier economía: golpea con más fuerza a quienes menos tienen. Por eso, seguir trabajando en reducirla, como se viene haciendo desde el orden macroeconómico, es un motivo para mantener expectativas positivas.

Ahora bien, el gran desafío pasa por la actividad económica. Este año, probablemente, esa sea la variable más delicada de administrar. La clave estará en encontrar una sintonía fina entre evitar que la inflación vuelva a acelerarse y, al mismo tiempo, impedir que la economía se enfríe en exceso. Ese equilibrio —entre estabilizar y crecer— es una de las tensiones clásicas de la política económica, y será determinante en esta nueva etapa.