El desprendimiento -y el derretimiento- de los icebergs más grandes, como A23a, es un fenómeno natural y no necesariamente el resultado del cambio climático, aunque algunas zonas de la Antártida están perdiendo icebergs más rápido de lo que el hielo puede regenerarse.

Los científicos han estado observando de cerca la desintegración del A23a en busca de indicios sobre cómo podría responder la Antártida al aumento de las temperaturas, en particular sus plataformas de hielo, las lenguas flotantes de los glaciares que se extienden hacia el océano.

Las plataformas de hielo desempeñan un papel importante en la estabilidad de gran parte de la capa de hielo antártica. Sin embargo, no está nada claro con qué rapidez podrían colapsar en un clima más cálido ni qué implicaciones tendría esto para el aumento del nivel del mar.

Si bien no son una réplica exacta, los icebergs pueden actuar como «laboratorios naturales itinerantes» para estudiar cómo podrían desarrollarse algunos de estos procesos, explica Walker.

«Podemos aprender mucho de cómo evolucionan estos grandes icebergs en condiciones más cálidas y luego intentar extrapolar ese conocimiento a lo que esperamos que hagan las plataformas de hielo», concluye.

En los 11 días previos al 22 de febrero, el iceberg, ahora más pequeño y ligero, recorrió más de 700 km hacia el noreste a través del Atlántico Sur, a una velocidad promedio de aproximadamente 2,7 km/h.

Ese viaje expuso al iceberg A23a a aguas más cálidas, cercanas a los 10 °C en la superficie, malas noticias para un iceberg.

«Cada día, todo el día, está en aguas cada vez más cálidas», dice Shuman. «Es como el hielo en tu bebida. No tarda mucho en desaparecer».