(Por Patricia Vetri).-

Los 5.145 metros cuadrados del Palacio Ferreyra Museo Evita son testigos de galas, pompa, vida familiar aristocrática y algunos secretos.

Una de sus habitantes fue María del Carmen “Chichina” Ferreyra, quien falleció este viernes a los 85 años. Era nieta Martín Francisco Ferreyra, quien mandó a construir lo que que llamaban “casa grande”, una residencia familiar de la opulenta Argentina de la década del ’20.

El Palacio Ferreyra –como se lo conoce popularmente fue inaugurado en 1916, en el corazón del barrio Nueva Córdoba, en la capital provincial, sitio originalmente ideado para ser habitado por la alta sociedad y gente de fortuna de la belle epoque.

Martín Francisco Ferreyra, cordobés nacido en 1859, se casó a los 30 años con María de las Mercedes Navarro Ocampo. Era médico cirujano (formado en Córdoba, Londres y París), y propietario de las canteras Malagueño, la principal empresa calera del país.

El matrimonio solía alternar sus días entre la Argentina y Francia. En uno de esos viajes a París, don Martín compró los planos trazados a semejanza del palacio Kessler pero de mayores dimensiones: era de tres pisos, más subsuelo para los servicios, de más de mil metros cuadrados cada nivel, y las cuatro fachadas simétricas en un estilo palaciego.

Ningún detalle quedó sin considerar para la construcción que se levantaría sobre los 15 terrenos comprados en Nueva Córdoba. Las más representativas firmas fueron contratadas para realizar los trabajos. Una prestigiosa empresa, por ejemplo, tuvo a su cargo la calefacción que no sólo contempló las calderas, sino también los asadores de carnes y un armario calienta-platos para que la comida no llegara destemplada a la mesa del comedor estilo Imperial, una vez que “viajara” en elevador desde la cocina del subsuelo y fuera retocada en el ante comedor.

También llegaron atravesando el Atlántico los muebles a medida como el secretaire y cama con baldaquino para el dormitorio de don Martín; el tocador de hierro dorado con tapa de mármol, chaisse y bergere Luis XVI y cama con dosel para el dormitorio de doña Mercedes. Porque así mandaban los usos y costumbres de la época, al estilo victoriano: cada cual tenía su dormitorio, baño, vestidor y boudoir o salita recibidora.

Igual recorrido realizaron los cortinados en sedas y brocados, las alfombras persas, gobelinos, cuadros, sillas tapizadas en seda color damasco con florcitas, sillones Pompadour, los dos bustos en mármol de Carrara representando a Hermes y la Venus de Capua para adornar el hall de recepción de 16 metros por 24, los zócalos en granito rosa belga para recubrir todo el perímetro exterior, los 424 metros de verja con adornos en hierro de fundición. Y el portón Luis XIV que perteneció a un antiguo castillo francés y los listones de parquet masizo para los pisos que incluyó el modelo Chateau Fonteinbleau para el comedor. 

Pero tuvo sus vicisitudes decorar el hall de acceso y el principal, el ante comedor, la sala de billar, el escritorio, la biblioteca, el salón dorado –usado para las grandes fiestas- que supera en dimensiones al salón de baile del Palacio de Buckingham y el jardín de invierno que ocupan la planta baja; los once dormitorios, tres boudoir y ocho baños del primer piso y los otros quince dormitorios con sus correspondientes baños del segundo piso. Más el subsuelo donde se repartían el comedor de servicio, la sala de planchado, la de lavado, cocina, despensa, depósito, la ropería, siete habitaciones de servicio y el gimnasio. Sucedió que en plenos encargues y viajes en barco, se desató la Primera Guerra Mundial.

Según da cuenta el historiador Caros Page en su libro El Palacio Ferreyra, don Martín le hizo saber por escrito su malestar al ingeniero Agote por las demoras y lentitud con que se ultimaba la obra que había comenzado en 1913. También por escrito, el ingeniero respondió: “la guerra no impedirá que la obra se concluya totalmente, aunque represente un sacrificio para mí”.

Promediando la construcción, el paisajista Carlos Thays se encargó de los jardines donde hizo colocar arbustos que formaran bosquecitos, acacias, casuarinas, jacarandás, plátanos y palmeras.

La residencia quedó inaugurada en 1916. Puertas adentro el estilo fue Luis XVI con ciertos elementos del estilo Imperio. Entre sus corredores y brocatos, nurses inglesas y siestas embellecidas por los acordes del piano de media cola Stainway, crecieron los siete hijos del matrimonio Ferreyra: Martín, Horacio, María Isabel, Estanislao, Ramón, Jorge Enrique y Rosa.

Don Martín apenas alcanzó a disfrutarlo dos años. Una congestión pulmonar acabó con su vida. La residencia había sido concebida como la casa familiar. Por eso, nunca la llamaron palacio sino “la casa grande”. Y, también por eso, los hijos se fueron casando y allí se quedaban a formar sus propias familias.

Fiestas y juegos

En el recuerdo de los nietos del matrimonio Ferreyra resaltan dos fiestas. Cuando Chichina cumplió 15 años y otra de 1955 cuando varias primas fueron “presentadas en sociedad”, como se usaba entonces.

Dicen que por los 30 y 40 la casa era una romería por la cantidad de gente que vivía allí. Después, con los años, se fue convirtiendo en una casa tranquila.

Era de rigor que los grandes comieran en el comedor y los chicos en el antecomedor. Una vez que alcanzaban la mayoría de edad pasaban al comedor principal. También era una tradición el menú de los domingos: lo que llamaban el “puchero chico” y las empanadas.

Los cumpleaños de los niños terminaban de una misma manera: jugando a tirarse por las rampas a ambos lados de la escalera de entrada. También, a tirarse por la escalera grande agarrados a la baranda y con los pies sobre la estrechísima base de mármol; había que tener especial cuidado donde hacía la curva para no caerse.

Adiós a la casa grande

Doña Mercedes murió en su cama en 1947 rodeada de hijos, nueras, yernos y nietos.

Los moradores se fueron dispersando hasta llegar a los ’90, cuando se deshabitó definitivamente como residencia privada. 

Las habitaciones del subsuelo fueron reconvertidas en oficinas de la empresa Malagueño.

Mantener deshabitado semejante estructura significaba para los descendientes una erogación difícil de solventar. Ya en este siglo hasta las quinceañeras de la familia se negaban a festejar sus cumpleaños allí. Preferían los boliches al aristocrático salón dorado.

Agobiados por las deudas al fisco la familia terminó negociando con el gobierno de Córdoba una expropiación para ser convertido en museo. Los muebles y obras de arte quedaran en poder de los Ferreyra y sus descendientes, que tardaron un mes en hacer la mudanza.

Recién cumplimentado el trámite de expropiación, en vías de ser declarado monumeto histórico, el Palacio Ferreyra será reinaugurado con la foto de los presidentes y cena de recepción a las delegaciones de los países que formarán parte de la Cumbre del Mercosur. 

La última moradora

La última moradora fue Rosa Isabel Pinto de Del Solar Dorrego. Partió a los 85 años, con su aristocracia a cuestas pero sin nostalgias. Chichina, que se había criado en esa casa, le dijo a esta cronista: “Es mejor así. Podrá ser visitada, será museo, será de la gente. A mi abuelo no le hubiera molestado que terminara siendo propiedad pública”.